Prefieren agricultores de Guanajuato no tecnificar sus cultivos.
A pesar de los beneficios que traería la tecnificación del campo, como mayor rendimiento, protección ante fenómenos naturales y estabilidad en la producción, muchos agricultores en Guanajuato siguen trabajando con métodos tradicionales. ¿La razón? El alto costo, el riesgo económico y la falta de apoyo suficiente por parte del gobierno.
Arnulfo Tavares Soto, productor agrícola con más de 30 años en el campo, explica que, aunque ha mejorado la temporada de lluvias en comparación con años anteriores, aún enfrentan desafíos como el granizo, las heladas y la volatilidad del mercado. Estos factores, sumados al encarecimiento de los insumos, hacen que tecnificar sea una meta lejana.

“Para tecnificar cinco hectáreas y poner invernaderos o sistemas de protección, se necesitaría al menos un millón de pesos, o más. Y aunque se proteja el cultivo, si no vale en el mercado, todo se pierde igual”, comenta Arnulfo.
En su caso, el año pasado perdió por completo una hectárea de elote tras una granizada, con una pérdida estimada de 30 mil pesos. Aunque recibe fertilizante como apoyo del gobierno, no se otorgan subsidios para semilla o infraestructura, lo cual limita su capacidad de inversión, aún así prefiere no tecnificarse.
A nivel nacional, solo el 22% de la superficie agrícola nacional cuenta con algún nivel de tecnificación o acceso a riego controlado. El resto depende de las lluvias.
El precio de los insumos ha subido casi al doble en los últimos cuatro años. Una bolsa de semilla que antes costaba 2,000 pesos ahora supera los 4,300. Lo mismo ocurre con fertilizantes y materiales. A esto se suma la inestabilidad del mercado: productos como la calabaza pueden pagarse en 220 pesos por caja en su mejor momento, pero caer hasta 100 pesos según la temporada.

“Le echa uno muchas ganas, pero si no vale el producto, no recuperas. Mejor seguimos así. Porque si inviertes y no vale, es más la pérdida”, explica el agricultor.
Además del factor económico, está el desinterés de las nuevas generaciones. Arnulfo reconoce que la mayoría de los jóvenes prefiere irse a trabajar a fábricas o a la construcción, pues el trabajo en el campo es pesado y mal pagado.

“Aquí pagamos 300 pesos al día, de 8 a 4. Y aún así, casi no hay quien quiera quedarse. El campo ya no les llama la atención”, lamenta.
Aunque reconoce que hay algunos programas gubernamentales activos, insiste en que son insuficientes. “Sí hay apoyo, pero no alcanza. Y si el campo no produce, no hay comida”, concluye.
Esta realidad refleja una paradoja que enfrentan muchos agricultores en México: la tecnificación sería útil, pero resulta inalcanzable sin financiamiento accesible, precios justos y políticas públicas que verdaderamente apuesten por el campo como eje estratégico de desarrollo.
