5 marzo, 2025
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La Conferencia del Episcopado Mexicano Comisión Episcopal para la Pastoral Litúrgica, menciona que en los primeros siglos se expresó con este gesto el camino cuaresmal de los “penitentes”, o sea, del grupo de pecadores que querían recibir la reconciliación al final de la Cuaresma, el Jueves Santo, a las puertas de la Pascua.

Vestidos con hábito penitencial y con la ceniza que ellos mismos se imponían en la cabeza, se presentaban ante la comunidad y expresaban así su voluntad de conversión.

Fue hacia el siglo XI cuando, desaparecida ya la institución de los penitentes como grupo, se vio que el gesto de la ceniza era bueno para todos, y así se empezó a realizar este rito al principio de la Cuaresma para todos los cristianos. Toda la comunidad se reconocía así pecadora, y se veía ayudada por este gesto en su actitud de conversión cuaresmal-pascual.


En la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II se reorganizó el rito de la imposición de la ceniza de un modo más expresivo y pedagógico.

Así la Palabra de Dios, nos invita ese día a la conversión, es la que da contenido y sentido al gesto simbólico de la ceniza. Se ha conservado en esta reforma la fórmula clásica de la imposición: «Recuerda que eres polvo y al polvo has de volver».

La ceniza nos recuerda lo que queda de la quema o de la corrupción de las cosas y de las personas, en nuestro tiempo es una práctica generalizada la incineración de los difuntos.

Estas cenizas se elaboran a partir de la quema de los ramos del Domingo de Ramos del año anterior, y son bendecidas y colocadas sobre la cabeza de los fieles.

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