De Duarte al campo de California, la historia de Ricardo Velázquez, un paisano entre dos mundos.
Se trata de un joven que a los 18 años, con una mochila cargada de expectativas y la promesa de un mejor futuro, Ricardo Velázquez dejó Duarte en 2008 para cruzar la frontera rumbo a Estados Unidos.
Como muchos jóvenes de su comunidad, la decisión estuvo marcada por la necesidad de trabajar y apoyar a su familia.
“Fue para salir adelante y buscar un mejor futuro”, recuerda hoy, a sus 36 años, durante una de sus visitas al lugar donde creció.
Ricardo terminó únicamente la primaria y platica que desde niño combinó la escuela con el trabajo junto a su padre, quien tenía maquinaria para la explotación de arena en el campo.

“Le ayudaba con la pala, a engrasar las máquinas, cosas de mecánica, esa rutina fue mi vida hasta que llegó la oportunidad de migrar, esta vez con documentos, gracias al apoyo de mi papá, quien ya tenía experiencia del otro lado y papeles”, señaló.
Al llegar a Estados Unidos, el trabajo no tardó, comenzó en el campo, en la pizca de frutas, la poda de árboles y las largas jornadas agrícolas. “Todo es pesado: las podas, las piscas, las horas, jornadas de hasta 12 horas…, en ese entonces, el salario rondaba los 16.50 dólares por hora, apenas suficiente para cubrir gastos.
Con los años, la experiencia le permitió moverse a un empleo menos rudo. Actualmente trabaja en una vinatería, en la producción de vino, donde gana alrededor de 24 dólares por hora y es menos pesado que el campo, sin embargo, asegura que ganar más no significa vivir holgadamente.
Las rentas, van de 1,700 a más de 3,000 dólares, y la canasta básica especialmente la carne es cada vez más cara.

“La verdad, ya el norte no cambia la vida como antes, incluso con documentos, las políticas migratorias y el alza de precios afectan a todos, mandar dinero a México ya no es tan frecuente; solo cuando hay horas extra alcanza para apoyar a los padres o hermanos”, mencionó.
Ricardo formó su familia y hoy vive entre dos países, viaja con su esposa y mantiene un fuerte vínculo con Duarte. Dice que lo que más disfruta al regresar es reencontrarse con la familia y participar en las fiestas tradicionales.
“Aquí no hemos descansado, una semana de fiestas todos los días”, dice entre risas. La próxima parada será la fiesta del Señor de la Misericordia, este primero de enero en la parroquia de la comunidad.

Cuando se le pregunta qué mensaje deja su historia, responde con honestidad: migrar ya no garantiza prosperidad. “Para alguien solo, tal vez; pero con familia, es como estar en cualquier país”.
Entre el trabajo, la nostalgia y las visitas a casa, Ricardo Velázquez vive como muchos paisanos, con el corazón dividido, sosteniendo la vida entre Duarte y Estados Unidos.
